Por ese Olor de Azucena
Luz Castejón de Menéndez quiso ser la poeta con la boca tapiada. Se hizo de la lengua un nudo, de seguro doloroso, cada vez más nudo, cada vez más doloroso de ser nudo y más nudoso de ser dolor. Yo la concibo como el Robinson que si bien no resiste al impulso de meter mensajes dentro de la botella y de lanzar la botella al mar, ata su gollete a los acantilados. Con los años las aguas cercanas negrean de mensajes embotellados. Enjambres de botellas, cadúmenes. Y en el diario recuento, la conclusión de que Robinson solamente comenzará a ser Robinson a la hora y punto del rescate. Quiso ser la poeta que amarra su garganta en los farallones, que tira su garganta al fondo del mar y con una bala de plomo. El poeta que escribe y luego devora sus propios versos, al modo de Saturno. Como a todos los poetas, y como a todos los hombres, debió ocurrirle en medio de la catástrofe de la adolescencia, ver entre relámpago y relámpago cuál era su posible camino de escape; sino que se empeñó tozudamente en no seguirlo. O no tuvo más remedio que seguir reducto, pero sin querer hallar, la tenaz, por dónde estaba la salida a campo raso. Francisco Méndez
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