Sin Tiempo para Detener el Tiempo
La mañana del 10 de mayo de 2009 Rodrigo Rosenberg tomó su bicicleta, salió a la calle y sin prisa se alejó de su apartamento. Otro hombre, por órdenes suyas, tomó un arma, salió a su encuentro y acabó con su vida. Ser el punto de conexión, aunque para otros fines, entre ambos hombres, hizo de mi hermano y yo alfiles involuntarios de una conspiración que, fuera de los límites de la mente de Rodrigo, nunca existió. Estas líneas, escritas sin un afán literario, en el entendido de que toda literatura debe ser imparcial, y estas no lo son, imitan, aunque con mucha menor suerte, el espíritu que embargaba a Rousseau al momento de escribir las primeras líneas de sus Confesiones y más que explicar intentan entender los motivos que tuvo la CICIG y la FECI para, en vez de escudriñar la verdad subyacente tras los hechos, limitarse a soterrarnos bajo una "verdad interina", pútrida y anómala, aunque a todas luces artificial. Llegando al extremo de, ante su incapacidad para demostrar judicialmente nuestra culpabilidad, impedir sistemáticamente que mi hermano tuviera acceso a un tratamiento médico, arrastrándolo a una muerte lenta, dolorosa e inmerecida. Francisco Valdés Paiz
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