Vigilia Permanente
Donde los demás abjuran al ver que las palabras para hacer alquimias los evaden, con el donaire que sólo otorga el haber pernoctado en el hemisferio izquierdo de los siglos XX y XXI Roberto Díaz Castillo alquimiza brevedades, sensaciones y algunas páginas sueltas entre páginas cubanas. Pero además lo hace escribiendo rigurosamente a mano, un ritual ya extinto que lo acerca aún más a la perfección de los clásicos... sí, aquellos que no escribían para la prisa (de antier) ni para la reseña (de pasado mañana) ni para la foto en la sección de sociales (de hoy). Es así como en esta Vigilia permanente —precedida por las cuerdas que tensó en Para no saber de olvido y en Las fugaces horas—, Roberto Díaz Castillo orquesta cadencias que confluyen en el único territorio donde nunca hubo paréntesis para el desconcierto: su amistad alquimizada con Cardoza y Aragón y Lya Kostakowsky, quienes por supuesto cumplieron también perpetuamente con el ritual ya extinto de escribir a mano, desde sus puños y su letra, a la antigua, a lo clásico. JL Perdomo Orellana
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