Fedro
La belleza era entonces resplandeciente a los ojos, cuando, unidos a un coro dichoso, siguiendo nosotros a Zeus y otros a otro de los dioses, contemplamos una vista y un espectáculo beatíficos, y nos iniciábamos entonces en la que es lícito llamar la más beatífica de las iniciaciones, que celebrábamos orgiásticamente, íntegros nosotros y exentos de cuantos males nos aguardaban en el porvenir; íntegras y simples e inmóviles y dichosas eran también las apariciones en las que nos iniciábamos, y en la iniciación final contemplábamos un resplandor puro, puros también nosotros y sin la señal de ese sepulcro que ahora llamamos cuerpo, y al que llevamos a nuestro alrededor, prisioneros cual ostras.
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